EL VIEJO ERMITAÑO

 CUENTACUENTOS

EL VIEJO ERMITAÑO


    Era capaz de pasarse horas y horas enfrascado en la lectura. Sus ojos, ya de un claro grisáceo y ayudados por unas gruesas lentes apoyadas en su enorme y gruesa nariz, devoraban renglones y renglones de letras amontonadas en su cerebro, ese era su mayor y único pasatiempo. 

Apenas salía de su humilde casa. 

Una casa casi en ruinas por el tiempo en la que el viento silbaba por las ranuras de las ventanas. La leña de la hoguera crujía en el ávido fuego anaranjado. Hundido en su sillón de cien décadas, pasa las tardes enteras a la luz de una bombilla desnuda que apenas le queda vida, que afloja su intensidad en cada sacudida de aire. Sus arrugados dedos pasan las páginas con la habilidad de un trilero ejecutando su engaño. 

Vivía a las afueras del pueblo, los lugareños lo conocen como “El loco ermitaño” lo abreviaron con “el loco” ya que solo pasaba por el pueblo para recoger algún paquete del puesto de correos que le enviaban con regularidad y pequeñas compras que realizaba en la botica y en el ultramarinos. 

De todos era conocido su silencio, era un hombre de pocas palabras, su antipatía era conocida en toda la comarca, tan solo un hola y adiós hacían despegar sus labios. 

Siempre lo acompañaba un perro, era su única compañía. Un podenco de patas largas y avispada mirada, sus grandes y erectas orejas estaban siempre atentas a cualquier amenaza, no parecía temer a nadie ni a nada a pesar de su pequeño tamaño.

De vuelta a casa, pasando por las largas laderas, era capaz de atrapar  algún conejo con gran pericia y destreza, conejo que compartiría con “El loco” para la cena. Eran uña y carne.

Al llegar a casa, “Lupo” se enrosca en su camastro colocado junto a la chimenea y hace que duerme dejando una oreja en pie, siempre alerta de su dueño “El loco”. Le preocupa su vejez, son ya mucho inviernos encima y su salud es sumamente delicada. No tantas pero también son muchas las nevadas desde que le dejó su amada esposa. Más de una década en soledad, sin más compañía que Lupo y su libro.

Hay instantes del día en el que se siente más solo, es sobre todo cuando la recuerda, a ella, a su amada. A Linda

Sueña con ella despierto, recuerda su olor a jabón, sus propuestas deshonestas en las frías noches de invierno, entra en el calor de su recuerdo y despierta cuando se le entumecen los pies perjudicados por el reuma de la humedad del valle. No hay día que pase sin recordar a su amada Linda.  

En sus últimos días, postrada en la cama por una larga y agónica enfermedad, pasaba las horas junto a ella, leyendo en voz alta pero suave, un libro hasta que caía dormida. El susurro de sus palabra la envolvían en una paz interior que la hacía revivir su juventud quedando exhausta de tanto bailar al son de un vals interminable. Bailaba y bailaba hasta quedar dormida.

Cada noche leía el mismo libro a su amada Linda, cada noche quedaba dormida en el mismo párrafo de poesía; 

“Quítate delicadamente tu ropa,

 pétalo a pétalo, sin temor alguno al frío del amor,

aquí en centro mismo de este siglo,

y ofréceme tu pecho. Yo llamaré con los nudillos

tan suavemente, primero

como llaman los copos de la nieve

en esas puertas de agua que hay en la tierra,

lagos, ríos, lágrimas”

Ya dormida su amada Linda, devuelve el libro a la librería desnuda del salón y lo acomoda entre dos candelabros de reluciente plata, allí dormirá hasta la noche siguiente que de nuevo, hará las veces de Orfidal para la amada Linda.  

Su biblioteca ha crecido desde que Linda marchó. Decidió anclarla a la pared cuando el número de ejemplares superó el centenar, apenas queda espacio ya para los, ahora oxidados, candelabros de plata que aún conserva. Eran un regalo de boda extremadamente caros.

Todos los libros exhiben el idéntico formato, mismo color, mismo tamaño, mismo grosor, mismo olor. Ninguno de ellos osa sobresalir de los demás, todos formados como regimiento militar de los más estrictos, todos vestidos con el mismo uniforme y esperando la revisión de un superior.

“El Loco” se encuentra indeciso a la hora de elegir el libro de hoy. 

Rebusca con las cejas arqueadas y ayudado por su dedo índice escoge un libro. 

“Este servirá viejo Lupo”  Se acomoda en el sillón de cien décadas, lo abre por la señal, lo huele mientras cierra los ojos aspirando con su gruesa y arrugada nariz y comienza su lectura diaria. Todo un ritual.    

“Largo Lamento”

Pedro Salinas.

Día tras día, lee el mismo libro, toda su librería está repleta de este libro, escoja cual escoja, solo saldrá ese libro, el libro que hacía dormir a su amada Linda.

amc



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