LA CAJITA DE MÚSICA
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La Cajita de Música
.- Vaya, no pensaba que mamá tuviera tantas cosas guardadas aquí, ¿Qué vamos a hacer con todo esto? Aquí tenemos tarea para rato.
Mario era el pequeño de los tres hermanos, hijos de Laura, fallecida hace escasos días.
.- Fácil, lo que tenga valor lo repartimos, lo que no valga para nada lo tiramos, es cuestión de seleccionar y no guardar nada que no sea de utilidad.
Vicente era el mayor, podríamos decir que era la voz cantante de los tres. Vicente era el que estaba al tanto de todo lo relacionado a papeleos, bienes y testamento de su madre. Los tres hermanos siempre estuvieron muy unidos hasta la muerte de su padre, tenían, como no, sus más y sus menos pero como en todo negocio familiar. Cuando Anselmo, su padre, falleció hace quince años, los tres sacaron adelante el negocio que su padre emprendió décadas antes.
La ferretería sacaba suficiente dinero para mantener la familia a flote pero las cosas empezaron a flaquear cuando, los tres hermanos, empezaron a independizarse y cada cual formar su propia familia. Sacar de aquel negocio suficiente para mantener tres familias más el sustento de mamá se hacía imposible. Fue entonces cuando cada cual eligió su propio destino. Vicente pagó la parte proporcional al negocio a sus dos hermanos y su madre y se quedó con el negocio, Nacho, el mediano, se puso a trabajar a las órdenes de Vicente colocándolo como cerrajero, se especializó en cerraduras de seguridad y trabajaba como servicio técnico en averías, instalación y urgencias. El que tomó más distancia fue Mario, siempre fue más cabra loca y nunca le gustó recibir órdenes de sus hermanos y empezó a trabajar en un periódico regional como columnista, le gustaba escribir y relacionarse con el mundo, iba un poco a su aire, no tenía horarios ni presiones, tan solo tenía que tener su trabajo preparado a la hora estipulada y esa era su única responsabilidad. También escribía cuentos que se publicaban en los suplementos dominicales de ese mismo periódico y que tenía buena aceptación. En definitiva, ganaba el suficiente dinero como para vivir bastante bien ya que tampoco tenía compromisos. Vivía solo con su perro y no tenía más gastos que el suyo propio. Ahora, la herencia de mamá le permitiría iniciar algún proyecto de los que tiene en mente.
.- A mi me gustaría llevarme algún recuerdo de papá y mamá - Dijo Nacho - A ver si encuentro algo chulo, recuerdo que tenían un juego de petanca con su funda y todo, o la caña de pescar de papá.
.- Busca a ver que encuentra, todo lo que sea para tirar lo metemos en esta caja y el resto lo clasificamos para ver qué hacemos con ello -Organizando Vicente como siempre -
Nacho, después de sacar varios trastos de un gran cajón, encontró una cajita de música.
.- ¡Chicos! ¿Recordáis esto? Se lo regalamos a mamá por el día de la madre después de morir papá, joder, todavía está aquí.
.- Si, me acuerdo que nos costó la paga de un mes entero - Como siempre Vicente el controlador.
.- Si, me acuerdo. La melodía era muy pegadiza, ni na na no no niiii…
Mario recordaba perfectamente el momento en que le dieron a mamá la cajita de música, hacía pocos años que falleció papá y recuerda que lloraba cuando abría la cajita y la melodía empezaba su encanto hasta agotar la cuerda.
.- Está muy deteriorada, échala a la caja de tirar - Dijo Vicente como siempre decidiendo que se tira y que no.
.- ¡Espera! Dijo Mario - Espera, la quiero, me la llevo yo.
.- ¿Para qué quieres esa mierda? Dijo Vicente - No vale para nada.
.- Bueno, si no vale para nada, supongo que no te importa que me la lleve. Repuso Mario.
.- Haz lo que quieras, más mierda para tu casa.
A Vicente le carcomía el hígado que tanto Nacho como Mario, le llevaran la contraria.
Al terminar el trabajo de limpieza en casa de mamá, recogí las cosas que seleccioné y me fui a casa no sin antes pasar por la habitación de mamá. Solo quedaban los muebles, muebles que se quedarán con la casa cuando se ponga en venta. “El olor de mi viejita impregnaba la estancia” Olor que permanecía en la habitación a pesar de que Laura pasó sus últimos años ingresada en el psiquiátrico donde finalmente falleció. Perdió la cabeza al poco tiempo de fallecer Anselmo, parece ser que se volvió majara y se atiborraba de medicamentos para poder dormir.
En casa, Mario tiene un cuartito de trabajo donde guarda pequeñas herramientas para su afición preferida que no es otra cosa que meter mano a todo lo que cae en sus manos. Una tostadora que no funciona, una lámpara que necesita un cable nuevo, la batidora que se atasca… Da igual lo compleja que sea la avería, Mario lo intenta, ¿Qué no? a la basura.
En ese cuartito pasó Mario varias semanas con la cajita de música, cada momento libre que tenía, se dedicaba a la restauración de la caja de mamá. Con delicadeza y mimo desmontó cada minúscula pieza de aquel enmarañado artefacto, el peine, el cilindro, las ruedas dentadas, todas y cada una de ellas las echó a un tarro con gasolina y las dejó reposar durante un día entero. Con una pequeña brocha las fue limpiando de óxido y las puso a secar para después darles una pequeña película de aceite, esto, además de engrasar, evitará que se oxiden de nuevo. El exterior de la cajita, la limpió con dedicación y le dio un bonito barniz, la bailarina estaba intacta de pintura, solo fue necesario sacarle brillo, era hermosa y parecía casi real, una auténtica bailarina en miniatura.
.- Ya estás limpia y bella de nuevo - La dijo Mario - En poco tiempo, en cuanto termine tu cajita, podrás bailar de nuevo. No entiendo porque mamá te guardó en el desván, recuerdo que la hizo mucha ilusión cuando abrió el regalo y te vio, tan bella, danzando al son de aquella melodía. Quizá se aburrió, quién sabe.
Después de varias semanas enfrascado en la restauración de la cajita, por fin dio por acabada su obra. Se quedó toda la tarde admirando aquella pieza, dando cuerda una y otra vez para hacer sonar aquella melodía que tanto le acercaba a su juventud cuando mamá abría la tapa.
Recordaba momentos especialmente entrañables en los que mamá aún estaba llena de vida y esplendor, meriendas en la cocina de chocolate y bizcocho junto a sus hermanos, momentos que, en aquel entonces, pasan desapercibidos pero que ahora, los recuerda como mágicos.
Aquella noche era tranquila, una noche de verano en la que el calor hacía difícil conciliar el sueño, las ventanas de toda la casa estaban abiertas de par en par para que el poco frescor de la noche hiciera más agradable el sueño. En mitad de la noche, cuando todo estaba en silencio, Mario despertó al son de una melodía, despertó de sobresalto, su casa siempre era especialmente silenciosa, tanto de día como de noche y aquella música hizo que todos sus sentidos se pusieran en alerta. Era la melodía de la cajita de música de su madre, se escuchaba con total nitidez desde el cuarto cerrado donde había sido reparada. El silencio volvió de repente.
Mario pensó que, como en ocasiones pasa con los artilugios de cuerda, que agotara alguna vuelta de engranaje. Sin más, Mario volvió a verse con la almohada para reconducir el sueño.
No pasó una hora cuando, de nuevo, la melodía volvía a sonar en toda la casa. Mario quedó inmovil, como intentando escuchar algo más que no fuese la música, algún ruido extra que desvelara la causa del funcionamiento imprevisto de la cajita de mamá. Solo escuchaba la música, la melodía inundaba su cabeza sin dejar escuchar cualquier otro sonido. Prevalecía ante todo, todo su cerebro era melodía, intentó tapar sus oídos con las palmas de las manos sin conseguir quitarse de encima aquella aguda melodía. Mario se calzó sus zapatillas y casi desnudo se dirigió a la habitación “taller” donde ejercía de mecánico. Tras abrir la puerta, el silencio volvió a inundar la casa. Miró a su alrededor y todo estaba en su sitio, no había muestras de desorden, la cajita de madera seguía donde la dejó ayer, la cogió en sus manos y la agitó a modo de maraca para comprobar si revivía su melodía pero no, la caja mantuvo sus silencio, inerte, muerta. Miró con detenimiento a la bailarina, esta estaba sonriendo, su cara era bella y radiante y su sonrisa desafiante. No recordaba haberla visto así en todas estas semanas de restauración, sus ojos parecían seguirle con la mirada, una mirada tierna y dulce pero, de alguna manera penetrante como agujas. Volvió a dejar la cajita sobre la mesa de trabajo y se volvió a la cama. La noche transcurrió con total normalidad tras el incidente, pero la cosa no quedó ahí. Fueron noches seguidas de insomnio, una tras otra, Mario paseaba por toda la casa atraído por la melodía incansable de la cajita de música, cuando se acercaba a ella, esta enmudecía por arte de magia. Apenas podía conciliar el sueño y su aspecto físico cada día se deterioraba un poco más. Mario se levantaba tarde y después de un café bien cargado, se sentaba frente al ordenador para intentar sacar alguna columna para la revista en la que trabajaba. Mientras intentaba centrarse en la escritura, la melodía de la cajita de música le penetraba el cerebro, esa pegadiza melodía se había insertado en su cabeza y era un continuo martirio que poco a poco erosionaba sus neuronas. Empezó a tomar analgésicos para el dolor taladrante de cabeza. Para conciliar el sueño, probó con medicación natural e infusiones que no resultaron de utilidad y terminó pasando a Orfidal.
Una parte de su cabeza pensaba que debía deshacerse de la maldita cajita de música, por otro lado, pensaba que deshacerse de esa cajita sería como traicionar a mamá, era su recuerdo y no podía destruirlo, pensaba que sería algo temporal, que todo pasaría y gracias a las pastillas, últimamente dormía mejor aunque era cierto que poco a poco aumentaba la dosis, con una no era suficiente y con el tiempo se convirtieron en tres. Empezó a centrarse más en pleno a los cuentos cortos, dedicaba diez minutos a las columnas y dedicaba el resto del día a dejar volar su imaginación escribiendo todo aquello que se le venía a la cabeza, historias de dragones y enanos maleducados, desamores de verano, asesinatos en pueblos hostiles, murciélagos asesinos, todo aquello que soñaba, lo convertía en un cuento de éxito.
Apenas comía, apenas dormía, apenas vivía, solo ponerse frente a la pantalla del ordenador, lo alejaba de aquella siniestra melodía que, sin descanso, vomitaba aquella maldita cajita de música.
No tuvo que pasar mucho tiempo para que Mario se quedase sin fuerzas, la mala alimentación y encerrado en casa en penumbra, hizo que el interés que tenía por escribir, fuese desapareciendo y su cabeza fuese acostumbrándose a aquella melodía que cada día, junto con los sedantes, le pareciese más y más hermosa. Una y otra vez, giraba la llave de la cuerda de la cajita de mamá para que no parará de sonar, día tras día, hasta que su cabeza dejó de razonar, se pasaba el tiempo mirando a aquella bailarina que su mente hizo real.
Mario fue recluido en la unidad de psiquiatría de su localidad, se llevó con él la cajita de música de mamá a la que daba cuerda cada noche para conciliar el sueño. Aquella melodía endemoniada y su bailarina, se convirtió en su mejor sedante.
Amc
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